Rafa Fernández es inmortal

Por: Manuel Bermúdez

Rafa Fernández, el gran pintor costarricense, falleció el domingo 9 de setiembre a la edad de 82 años. Con una prolífica e ininterrumpida carrera artística de más de 60 años, afortunadamente dejó un rico legado para el disfrute de las presentes y futuras generaciones.

En muchos sentidos, Rafael Fernández Piedra es uno de los artistas más importantes en la historia del arte en Costa Rica.

La famosa crítica de arte Bélgica Rodríguez lo ubicó como uno de los más importantes de su generación.
Su obra trascendió por mérito propio el ámbito nacional para conquistar espacios en España, Estados Unidos y Latinoamérica, donde coleccionistas, galerías y museos acogen sus cuadros. Así, su juvenil Autorretrato está nada menos que en la Galería Uffizi en Florencia, Italia, junto a los de grandes maestros como Rembrandt, Chagall y Delacroix, también en el Museo Goya en España, además de importantes colecciones en Latinoamérica y Estados Unidos.

Su carrera como pintor inicia desde muy joven, pero se define en su adolescencia, luego de que su cabeza cargada de sueños de ser cantante o torero al fin se asentó por su talento natural para el dibujo. Ya antes había dado muestras de su facilidad creativa como artesano.

Ingresó a la Casa del Artista donde encontró grandes maestros que le ayudaron a comprender el enorme potencial de su talento.

Luego, fue becado para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Managua. Aquello no hizo más que despertar más aún sus inquietudes y curiosidad.

Mientras trabaja como mecánico dental para sostener a su naciente familia, indaga sin cesar en lenguajes, posibilidades expresivas, técnicas y materiales intentando canalizar su necesidad artística propia.

Sus primeras exposiciones con algunos compañeros ya dejan ver su fuerte personalidad.

Durante los años sesenta indaga con la luz y fusiona influencias europeas y latinoamericanas. Mediante invitaciones y becas empieza a viajar por España y Estados Unidos para nutrir su aprendizaje personal e intenso. Produce una obra expresionista inquietante algunas con rasgos surrealistas. Al inicio de la década siguiente parece definir con más precisión el objeto de su búsqueda.

El motivo reiterado de su obra desde la segunda mitad de los años setenta es la mujer, porque no había encontrado otro que le resultara más bello y enigmático a la vez; porque en él está la gratificación de contemplarla y la inquietud cautivante de su misterio.

Con ese motivo como centro de su creación construyó un universo de autoría inconfundible, cargado de personajes, paisajes, sugerencias, a veces oníricos o mágicos.

Las mujeres de Rafa Fernández son su sello personal, así como su paleta dueña de fuertes azules, rojos, amarillos, naranjas, dorados, con los que logra siempre un mundo fantástico e intensamente bello.
En el año 2002, en la cumbre de su carrera, Rafa Fernández sufrió dos accidentes cerebrovasculares que lo sumieron en un estado de coma por casi dos meses.

Solo un amor sobrenatural por la vida lo devolvió de aquella embestida mortal.

Los vítores de los tendidos aún confundían la aclamación por la faena perfecta con la exclamación por la brutal sorpresa, cuando abrió los ojos nuevamente. Estaba herido, profundamente golpeado, las secuelas eran múltiples, pero el talento estaba intacto. El cuerpo estaba quebrantado, pero su espíritu continuaba indomable. Poco a poco, con el apoyo absoluto de su familia, particularmente de sus hijas Carla y Alma, y su amada esposa Mirna Tercero, retomó su intensa pasión.

Así, nos dio uno de sus mayores ejemplos como artista y como ser humano. Más allá de las adversidades que implicaba su cuerpo sumido en aturdidos y esforzados movimientos, sus sentidos estaban alertas y en su mente bullía todo el conocimiento acumulado en más de medio siglo de incesante indagación artística. Mientras que con una disciplinada terapia volvía a recuperar el movimiento en su mano derecha, la capacidad de permanecer sentado y poco a poco el habla, ideaba las técnicas, los formatos, las composiciones y los colores que necesitaría para comunicarse nuevamente con su arte.

Tras dos años de un duro invierno en que su creatividad lucha con la oscura capa que la cubría con su cuerpo vulnerado, Rafa Fernández volvió a mostrar su talento indiscutible. Una serie de obras en pequeño formato dieron cuenta de la germinación del artista nuevamente con sus brotes fantásticos.

Ahí estaba otra vez su universo maravilloso, su colorido distintivo y su dominio total de la composición.

En los diez años siguientes trabajo sin tregua, se reinventó, repasó toda su obra anterior, volvió a formatos medianos y grandes, jugó con su paleta, con las técnicas, multiplicó su fantasía; más generoso que nunca, vertió su voz de trazos y pinceladas para invitar a todos a su juego de ensueño deslumbrante.

A los 82 años de edad cumplió una carreta completa en la vida y en el arte.

No es casual que abandonara su cuerpo un 9 de setiembre, Día del niño y de luna nueva, para integrarse ya de forma definitiva a ese mundo mágico, de ensoñación y belleza que bullía en su mente y que intentó generosamente compartirnos en su extensa obra.

Rafa Fernández gozaba de un talento excepcional, la curiosidad de un eterno niño, la generosidad de un gran artista, la calidez y la sinceridad de un buen hombre y mejor amigo.

Su amor a los boleros y a las canciones de José Alfredo Jiménez lo convocaban en su cita puntual una vez por semana para verse con sus amigos de siempre acodados en la barra de alguna de las viejas cantinas capitalinas, sin excesos pero repletos de bohemia.

Personalmente Rafa Fernández fue un hombre de una gran intensidad con un alto sentido del valor de la amistad, de principios y valores muy definidos que defendía con convicción.

Amigo incondicional de sus amigos, devoto de su familia, trabajador incansable, franco y honesto, enamorado de la vida hasta el delirio. Así nos lo traerá siempre a la memoria su perenne obra.